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¿Qué es México?

El historiador Tomás Pérez Vejo nos permite pensar en las formas en las que se ha intentado definir y dar sentido a la nación mexicana. Mediante el estudio de la pintura histórica oficial del siglo XIX, podemos observar problemas y tensiones que acompañan la sociedad mexicana hasta el día de hoy. Y podemos constatar el éxito del relato de una nación en busca de vengar su pasado para establecer el paraíso.

Ideas

| Por Rafael H. Ponce Parra - 16 de septiembre de 2025

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Imagen: el Zócalo en la Ciudad de México, 2022, con decoraciones para la celebración del grito de la independencia.  © Foto Rafael Ponce Parra

Nunca deja de sorprender la ubicuidad con la que se separa y desprecia en la sociedad mexicana. Desde la facilidad con la que se cae en el racismo para el insulto a los juicios de valor que despiertan controversias como cuando el Gobierno de México le solicitó a España que se disculpara por lo ocurrido durante la colonia. Que ojalá expulsen a la gente macuarra a la periferia de la ciudad, dijo alguna vez un señor en una terraza en la Colonia Roma. Ir al centro histórico de la Ciudad de México es una “aventura salvaje”, según un grupo que lo comentaba desde la comodidad de su propiedad en Jardines del Pedregal. Al hacer estos comentarios y al desplegar estas actitudes, las personas, quizás inadvertidamente, contribuyen a una idea de nación. Señalan a quienes son parte de ella y ponen en duda la pertenencia de otros grupos. A lo menos, hacen una jerarquización entre buenos y malos, merecedores y degenerados, entre verdaderos mexicanos, traidores y aquellas personas aún por “mexicanizar”.

 

El día de la independencia es un buen día para hacer una reflexión sobre la identidad mexicana. Es un buen momento para preguntarse qué es México o quiénes componen la nación mexicana, de dónde venimos y a dónde vamos. Es un día por el cual se disputó casi un siglo, parte del conflicto sobre la identidad colectiva que debía tomar la nación mexicana. Esta pregunta sobre identidad colectiva es una de las cuestiones principales de lo político. Responder esta pregunta es definir quiénes son “ellos” y quiénes somos “nosotros”, quiénes son amigos e incluso quiénes son enemigos. Es a través de la respuesta, contenida en un relato más o menos coherente, que explícitamente se hace sociedad. Y esto es de suma importancia, ya que permite, justifica o legitima quién tiene el poder para decidir, quién puede usar o recibir recursos y cómo estos se usan. Debida la importancia, me gustaría explorar cuáles han sido las respuestas a la pregunta “qué es México”.

Imagen: Avenida 16 de septiembre en la Ciudad de México, antes llamada Calle de la Independencia de 1869-1928  © Foto Rafael Ponce Parra

El historiador Tomás Pérez Vejo del Colegio de México permite explorar estas respuestas con su libro México, la nación doliente. Imágenes profanas para una historia sagrada (Grano de Sal, 2024). El libro analiza la construcción de la idea de la nación mexicana a partir de las pinturas de historia del siglo XIX que fueron financiadas por el Estado mexicano. Las pinturas de historia, a diferencia de pinturas sobre paisajes o pasajes de la biblia, son aquellas que buscaban ilustrar un momento clave, incluso épico, de la historia de una “nación”. Populares en Europa y América, eran una de las herramientas que usaban los Estados para construir la idea de nación. En efecto, Pérez Vejo nos recuerda que los nuevos Estados en Europa y en América buscaban hacer nación para legitimar su poder. Si antes era la identidad cristiana la que predominaba en la Nueva España, tras la independencia, el Estado buscaba darse razón de existir en lo que antes era una mera división territorial administrativa de la monarquía católica. Un punto de conflicto a lo largo del siglo XIX (y hasta nuestros días), tanto en México como en muchos nuevos Estados-nación, era definir qué sería exactamente esa nación.  

 

A lo largo del siglo XIX, “liberales” y “conservadores” luchaban entre sí para decidir la distribución de recursos y la organización política de México. Pero también luchaban en un tercer frente: la identidad de lo que se quería llamar México. Pérez Vejo le llama conservadores a aquellos que se veían como hijos de la conquista que continuaban el legado de la colonia, y liberales a aquellos que se reivindicaban vengadores de la conquista y continuadores de la época prehispánica. No obstante estas etiquetas, el autor precisa que quienes podían ser liberales en cuestiones de organización política (por ejemplo, a favor de la república liberal) podían ser conservadores en cuanto a la identidad de la nación. Y en este conflicto se disputaba cómo se debía recordar la historia, qué fue bueno y qué fue malo, cuál debe ser la relación con España o cuándo se debía celebrar la independencia: el 16 de septiembre con la insurrección de Hidalgo y Morelos o el 21 de septiembre con la entrada del ejército Trigarante liderado por Agustín de Iturbide. 

 

Pérez Vejo propone que la narrativa o proyecto de nación triunfante fue la liberal, con fuertes tintes mesiánicos religioso. México es una nación que nació en la época prehispánica (en específico con la cultura mexica y solamente esta), que murió en la conquista y erró desiertos y montañas durante trescientos años, y que resucitó con la independencia. El historiador señala un curioso paralelismo con la identidad católica. La vida de la nación mexicana sigue un camino parecido al de la vida de Jesús: el nacimiento de la nación con el imperio mexica (los misterios gozosos), la conquista como la pasión de Cristo (los misterios dolosos) y la independencia como la resurrección (los misterios gloriosos). No obstante, la resurrección nunca parece concretizarse del todo. Las pinturas más exitosas (y las más numerosas) retratan momentos de la conquista, seguido por algunos momentos de la época prehispánica. Los momentos de la independencia fueron menos promovidos por el Estado y menos celebrados por los críticos. La memoria de la guerra civil y la pérdida de seres queridos estaba presente en las élites del momento y se prestaba menos para reunir a la población en torno a estos eventos. 

Imagen: una de las obras del siglo XIX que mejor capturó el imaginario sobre la conquista. De los mejores ejemplos de la pintura histórica decimonónica mexicana.  Leandro Izaguirre, El suplicio de Cuauhtémoc, 1893, óleo sobre tela, 294.5x454 cm, Museo Nacional de Arte, México.

Este relato de sacrificio tiene un solo nacimiento pero se alimenta de muchas muertes. Es quizás así que el relato promete una y otra vez recuperar la gloria tras el paso de traidores: Iturbide con la independencia, Porfirio Díaz con la Reforma, y para los gobiernos de MORENA, Salinas de Gortari con la Revolución. Los traidores “siempre acaban ganando, hasta, se supone, la última resurrección, la definitiva, la del fin de los tiempos” (p. 48). No obstante la serie de promesas fracasadas de resurrección, el relato ha sido sumamente exitoso. El relato que une a las personas nacidas de Tijuana a Mérida y de Matamoros a Tapachula es el de una nación dolida que siempre espera la buena noticia de la resurrección. “Todavía hoy, todo mexicano educado por el Estado para ser mexicano goza…con las glorias del pasado prehispánico, sufre…con la Conquista y se regocija…con la celebración de la Independencia” (p. 48)

 

Si bien triunfó el relato liberal, cabe mencionar que desde el siglo XIX sus proponentes guardaban enormes matices. Pérez Vejo reitera que las élites mexicanas en esa época eran sumamente racistas. Incluso los liberales que veían una época idílica en los tiempos previos a la conquista separan los indios ideales y con estatuto casi de greco-romanos clásicos, a los indios reales y existentes en ese momento, los "indios degenerados" a los que despreciaban. Decir que uno era español o blanco era lo común, y previo a la independencia, decir que uno era español no era que había nacido en España, sino que era blanco. Esta contradicción entre fundar la nación en orígenes indígenas y despreciar lo indígena de su momento sería una constante a lo largo de la historia entre élites racializadas y racistas. Es una tensión que todavía se observa en el siglo XXI, donde acecha el fantasma del relato conservador. Y es quizás aquí donde se encuentra el clivaje en nuestros días, y dónde se combina el racismo y el clasismo para designar a “los pobres”, morenos o indígenas, como una carga o impedimento a la prosperidad de la nación. 

 

Durante el siglo XX y tras movimientos indigenistas, la idea de nación ha sido imbuida de corrientes multiculturalistas e intentos de considerar a México como un Estado plurinacional. La Revolución mexicana profundizó el triunfo del relato liberal. En tiempo recientes, se ha enfatizado el reconocimiento a las personas afrodescendientes, negras o afromexicanas para incluirlas en los relatos de la nación. Y el “humanismo mexicano” que promueven los gobiernos de López Obrador y ahora de Sheinbaum celebran acciones y valores de personajes desde la época prehispánica, la colonia y el México independiente. No sin dejar de utilizar el vínculo con el pasado: autodenominarse cuarta transformación (regeneración ¿una nueva resurrección?) o exigirle perdón a España por lo sucedido entre 1521 y 1821.

A mi parecer, la identidad colectiva suele ser un conjunto de contradicciones. La nación mexicana se define por su disputa sobre el pasado, la tensión entre reconocerse en los mexicas (y ahora el resto de las culturas prehispánicas y su devenir durante la colonia) y también en los españoles y la cultura europea. Entre celebrar lo indígena al mismo tiempo que se afirma tener descendencia europea o ser blanco. Entre una gran solidaridad entre familiares, amigos y personas de la misma clase y un rechazo casi tajante contra aquellas personas mexicanas que no comparten las mismas formas culturales. Piedad y desprecio hacia el indígena, admiración y rencor hacia el blanco rubio, y muchas sociedades, muchos mundos, que se ven entre sí con desconfianza o recelo. México es esa tensión. Y aun así el relato de nación doliente da sentido a todo este galimatías. Una verdadera construcción en el cruce de lo político, lo religioso y la ficción que mantiene el círculo que delimita nuestra nación lo suficientemente amplio[1] y con suficiente magia social[2] para no colapsar.

[1] Bruno Latour (2012) describe un modo de existencia en el que la verdad (política) es aquella que logra reunir a muchas personas bajo un mismo discurso o expresión simbólica, en el que se logran identificar.

[2] Bernard Lahire (2023) señala lo mágico-religioso, combinado con la expresión simbólica, como una de las estructuras sociales que quizás es lo que permite a la humanidad reunirse en grupos cada vez más grandes y más alejados de lazos familiares.. 

Cada producto artístico, en música, televisión, cine, también en deporte, en la publicidad, cada gesto ordinario y rito oficial, apuntan a dar una respuesta a la pregunta qué es México. Incluso la forma de celebrar el día de la independencia (desde el día que se hace, cuestión que parece resuelta desde la Revolución, hasta dónde, cómo y con quién) contribuyen a forjar una respuesta. ¿Qué es México? En el pasado, la respuesta ha sido una nación buscando vengar su pasado mítico. Además de basarse en sangre (el mestizaje) y territorio, es un relato que mira atrás, al pasado. Como señala Pérez Vejo, es un relato enfermo de nacionalismo. Cada generación ha sido agobiada por esa “maldición doliente” (p. 321) que es este pasado. 

 

¿Qué debe ser México? la idea es ir más allá de las “mismas y gastadas preguntas de quiénes somos y de dónde venimos” (p. 321). Atrapados por las glorias del pasado, seducidos por las muertes que justifican el presente y convencidos por la promesa de la restauración del paraíso en el futuro, hemos vacilado mucho tiempo en milenarismos religiosos más que racionalismos laicos. México podría ser una nación que se proyecta a futuro y se congrega en torno a valores y proyectos. Pero antes, nos deberíamos preguntar: ¿cómo deberíamos construir la idea de lo que es México? En el pasado, lo ha hecho el Estado mediante el arte y la educación pública. Quizás es también momento de replantear el papel del Estado y considerar el cumplimiento de los derechos culturales como el conjunto de principios que deben regir la deliberación en torno a una de las preguntas más esenciales para nuestro colectivo.

Referencias

Lahire, Bernard. (2023). Les structures fondamentales des sociétés humaines. La Découverte. 

 

Latour, Bruno. (2012). Enquête sur les modes d’existence. Une anthropologie des modernes. La Découverte.

 

Pérez Vejo, Tomás. (2024). México, la nación doliente. Imágenes profanas para una historia sagrada. Grano de Sal.

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