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Dilemas de la resistencia

Resistir. Desobedecer. Reordenar. ¿Un movimiento de resistencia puede devorarse a sí mismo? Los ideales que motivan la resistencia pueden minar la capacidad para resistir. Pero la necesidad de tener “poder” puede destruir la razón de ser de la propia resistencia. 

Opinión

| Por Rafael H. Ponce Parra - 26 de febrero de 2026

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Imagen: una resistencia se enfrenta a la autoridad pública y al riesgo de sacrificar sus ideales.  © Foto Rafael Ponce Parra

El politólogo Stefano Bartolini propone que la esencia de lo político es decidir sobre los demás, lo que tienen y no tienen que hacer. Es hacer algo con la intención de lograr obediencia, conformidad y aceptación. En otras palabras, el acto de solicitar cumplimiento está en el núcleo de lo político. Cómo se vive esto depende de qué tan fácil sea salir de dicho grupo o colectivo, y qué tan monopolizado sea el acto de comandar. Por ejemplo, es más fácil dejar de trabajar en una empresa que dejar de ser parte de la sociedad mexicana. Y en un grupo de amigos, muchas personas pueden solicitar la acción de las demás, sin que una solicitud particular valga más que las otras solicitudes. Pero en una empresa, una solicitud de acción o cambio de comportamiento de la persona directora vale más que las del resto. Ya se puede uno imaginar el alto grado de lo político en el ámbito de gobierno, donde es muy difícil salirse de la sociedad y existe una solicitud de cumplimiento –la ley– que es superior a las demás.

 

Bajo la propuesta de Bartolini, existen tres estratos de lo político: la política de la participación, la política de apoyo-presión y la política de competencia. La política de la participación se observa cuando las personas sin alguna organización o autoridad particular deciden agruparse en un colectivo. La política de apoyo y presión se vive cuando colectivos movilizan recursos de alguna forma para obtener algo de parte de élites políticas buscando monopolizar la habilidad de comandar (de hacer solicitudes de cumplimiento que tengan prioridad y prevalencia sobre cualquier otra solicitud). La política de competencia es la que se observa entre las élites políticas luchando por ser la respuesta a la pregunta “quién decide”.

 

La política competitiva, aquella en la que se disputa quién va a decidir, suele subordinar todos los otros objetivos. Incluso puede llegar a sacrificarlos. El qué se va a hacer con el poder, quién recibe qué, las autorizaciones y prohibiciones para hacer, qué es justo y no, verdadero o falso, bueno o malo, todo esto se pone al servicio de la competencia por el monopolio del acto de comandar. Los recursos se movilizan. Las facultades, beneficios, autorizaciones e incluso derechos (o el reconocimiento de estos si nos apegamos a la perspectiva de derechos humanos) se intercambian. Pero en este intercambio, unos aseguran el monopolio del acto de comandar, mientras otros aseguran sus prestaciones.

 

Bajo esta visión de política, el concepto de resistir cobra otro sentido. ¿A qué se resiste? A instrucciones o solicitudes de cumplimiento (sea por conformidad, obediencia o sumisión). Resistir es una forma particular de lo político en la que el primer paso es negarse a cumplir, sean solicitudes de cumplimiento expresadas por una persona o implícitas en un orden social. Pero una resistencia adquiere carácter político cuando detrás de la negación existe una solicitud que compite por el cumplimiento. No haré esto, pero deberíamos hacer aquello.

 

Hay claridad en resistir cuando se hace escapando del ámbito (colectivo). En cambio, los problemas surgen cuando la resistencia es colectiva; sobre todo, cuando se emite una solicitud de cumplimiento alterna. La razón de esto se encuentra en una cualidad de lo político (señalada por Bartolini): lo que se necesita para ocupar las posiciones políticas que monopolizan el acto de comandar puede ser muy distinto de lo que se quiere hacer con esas posiciones. De este modo, lo que se necesita para ganar y mantener el poder puede ser muy distinto a lo que se necesita para poner en práctica ideales o visiones sobre lo que debe hacerse en el resto de la sociedad.

 

Así, llegamos al dilema. Los ideales de una resistencia pueden impedir el triunfo de esta. Una visión purista puede descartar alianzas favorables o desechar prácticas que podrían contribuir al triunfo de un movimiento de resistencia. Esta idea se encuentra en expresiones como “los medios importan” o en la molestia de negociar o aliarse con aquellos que no comparten precisamente los mismos objetivos. 

 

La expresión “no dejar que lo perfecto sea enemigo de lo mejor” tiene algo de verdad. Pero, también es innegable que las propias tácticas de resistencia pueden devorar a los ideales que los impulsan, terminando con victorias sobre quién va a decidir y no sobre qué es lo que se va a hacer con ese poder. Este es el gran riesgo para cualquier movimiento. Tener el poder y ser incapaz de hacer lo que se planteó al inicio por miedo a perder el poder. Ideales y visiones se deforman ante las exigencias para mantener el poder, para acumular aquellos recursos que permiten tener el monopolio de comandar. Así, un movimiento buscando mejorar el bienestar de las personas trabajadoras titubea ante los intereses del sector empresarial del cual se siente dependiente para lograr tener una economía próspera. Igualmente, un movimiento buscando más y mejor democracia se retracta ante los privilegios de élites políticas de la cual depende para tener mayorías en los congresos. ¿Mejor seguir controlando y optar por el menor de los males?

 

¿Cuál es la salida del dilema? ¿Destruir la propia estructura del poder? Eso quizás requiere de construir otra estructura lo suficientemente poderosa para destruirla. Se pueden destruir privilegios, repartir o abrir el acceso a recursos para eliminar la acumulación de estos en pocas manos, reconocer derechos universales. No obstante, requiere de otra acumulación de recursos para garantizar la puesta en marcha de estas prácticas. El riesgo es quedar vulnerable al triunfo de otros intereses.

 

O quizás es difícil verlo en términos generales. Todo depende de la manera en que se distribuyen y reconocen recursos, autorizaciones y derechos, qué se reparten y a quiénes. Incluso, se puede pensar en que salir del dilema implica empoderar la capacidad de resistir de cierta manera. Resistir, no para acumular recursos y monopolizar el acto de comandar para beneficio de uno y unos cuantos, sino resistir para impedir que aquellas personas que buscan acumular y abusar de los recursos lo logren. En otros términos: preparar el camino para movimientos afines. 

 

Con esto, termino con una última reflexión. Actualmente, en México, una forma de resistir a la pobreza e injusticia pasa por la delincuencia e incluso por el crimen organizado. En lugar de luchar de forma colectiva por el bien colectivo, se lucha individualmente o en grupos pequeños por el bien propio. En cierto modo, es resistir para sobrevivir, con la esperanza de obtener mucho más que eso. Se multiplican los esfuerzos para que esa no sea la única vía, pero aún es difícil para una persona resistirse. Incluso es difícil resistir las instigaciones de cumplimiento de las personas participando en el crimen organizado. Estos grupos adquieren relevancia política al tener recursos de interés para aquellos que buscan autoridad política. ¿Qué hacer ante un panorama en el que las prácticas ilegales y los grupos de delincuencia organizada se vuelven cruciales para obtener y mantener el poder? Ahí regresa el dilema. Quizás solo una resistencia meticulosamente organizada y lo suficientemente paciente para pensar a largo plazo y actuar en el momento preciso puede escapar los demonios que acompaña cualquier sueño de revolución.

Referencias

Bartolini, Stefano. (2018). The Political. ECPR Press. 

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