Deliberaciones
Preparándonos para la revolución
Tras el cierre del estrecho de Ormuz
El cierre del estrecho de Ormuz ha despertado el temor de analistas en la prensa. Tras una serie de cálculos errados por parte del gobierno de Donald Trump, la oferta de petróleo y gas natural queda significativamente perturbada. El escenario de pesadilla para la economía mundial se hace más probable cada día que dura la guerra en el medio oriente. Momento para hacerse preguntas fundamentales de desarrollo económico.
Análisis
| Por Rafael H. Ponce Parra - 31 de marzo de 2026

Imagen: los sucesos en el estrecho de Ormuz genera un impacto que se siente en todo el mundo. © Foto Rafael Ponce Parra
¿Se puede estrangular un sistema? El cierre del estrecho de Ormuz ocasionado por la guerra que el gobierno de Donald Trump, presidente de Estados Unidos, ha desatado junto al gobierno del primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, contra Irán quizás ofrece una respuesta.
El 28 de febrero de 2025, los gobiernos de Estados Unidos e Israel atacaron a Irán, asesinando mediante bombardeo al supremo líder iraní, el ayatola Alí Jameneí, junto con otros altos mandos del régimen de la República Islámica. Tras este golpe, los países beligerantes pensaban desestabilizar el orden político iraní esperando, entre muchas cosas, lograr un cambio de régimen. Sus supuestos no se cumplieron, y sus esperanzas murieron bajo el lanzamiento constante de misiles y drones a distintas bases militares estadounidenses en la región y a distintos puntos en Israel.
Los días pasaron y los objetivos apuntados se expandieron, añadiendo a la lista de blancos la infraestructura energética de Irán y, en respuesta, sitios de producción petrolera y de gas natural en la región, como Ras Laffin en Catar. Entre estos, también se atacaron y amenazaron los distintos buques navegando por el estrecho de Ormuz. Y es así que las explosiones se empiezan a sentir lejos del medio oriente.
Por el estrecho de Ormuz circula en barcos más del 20% del petróleo y gas natural del mundo. Casi 90% de esto se dirige a Asia, 10% a Europa, y el resto a América. Sin embargo, este flujo se ha interrumpido en cuatro semanas. Si el 27 de febrero circulaban 94 barcos por el estrecho, para el 22 de marzo solo se encontraban tres, ninguno cargando petróleo o gas natural. En efecto, 25% de los recursos que echan andar las economías del mundo dejó de fluir por los mercados. Y esto es solo efecto de la amenaza. Las aseguradoras se niegan a cubrir el riesgo, las empresas de transporte marítimo disparan sus precios, y las empresas de petróleo y sus productos, gas natural, otros recursos minerales y fertilizantes dejan de contratarlas.
Si las sociedades tienen estructuras, estas se entretejen y toman forma según la presión que hacen unas sobre otras. Una de estas líneas de fuerza (Lahire, 2023) es la base material de la existencia humana: los modos de producción, la forma en la que se obtiene la comida y el resto de los bienes que nos permite sobrevivir (y más). Pero para obtener recursos y transformarlos, es necesario tener energía: la fuerza de nuestros músculos, el calor de la quema de madera o carbón, la quema de combustibles para mover máquinas, etc. Debajo de la base material existe una matriz energética que la sostiene.
En México, la oferta energética total se componía principalmente del gas natural (45.5%) y del petróleo y sus productos (40%) (AIE, 2025). Cerca de 90% de esto proviene de Estados Unidos, el resto repartiéndose entre Canadá, Holanda y otros países de América Latina. El mayor productor de petróleo y gas natural es Estados Unidos y, al ser vecinos con relaciones “amigables”, es un arreglo que no sorprende. Muy poco de nuestro petróleo y gas natural circula por el ahora cerrado estrecho de Ormuz. No obstante, la interrupción de este flujo tendrá efectos que se sentirán en nuestro país. El mercado está lo suficientemente integrado, lo suficientemente globalizado, para que la reducción de la oferta ante una demanda constante afecte los precios del petróleo en todo el mundo. Y, en consecuencia, de bienes y servicios que se producen y mueven con derivados del petróleo.
El efecto negativo más visible en lo cotidiano será la subida de precios. Al 31 de marzo, el precio de la gasolina y el Diesel ya rebasaba los $27 y $28 pesos respectivamente. La inflación se aceleró a 4.63% en la primera quincena de marzo 2026. Las barreras económicas a derechos humanos, como a la alimentación sana o nutritiva, a la movilidad o incluso a la vivienda, aumentan. Pero ese no es el único efecto. Las personas con el poder de decidir qué producir y cómo (empresarios/as y funcionarios/as de empresas públicas) buscarán la forma de seguir produciendo. En Asia, por ejemplo, distinto países ya intercambian el gas natural por el carbón para producir energía eléctrica. Este tipo de cambios aceleran la destrucción del medio ambiente.
Según la Agencia Internacional de Energía (AIE, 2025), las emisiones globales de CO2 anuales relacionadas con la energía alcanzaron un récord de 38 gigatoneladas (Gt) en 2024. Es casi imposible lograr a meta de impedir el aumento de la temperatura global de 1.5 C. La quema de carbón al reemplazar el gas natural acelerará el calentamiento global. Pero no hacerlo tiene sus propias consecuencias: la pérdida de energía que mantienen viviendas y alimentos frescos, y de actividades que generan empleos con los que se remunera a las personas para que puedan acceder a sus derechos humanos. Por cómo organizamos nuestra sociedad, esto pareciera ser el dilema.
El cierre del estrecho de Ormuz nos obliga a hacer ciertas preguntas de desarrollo económico. Lo más inmediato es una cuestión de seguridad energética: ¿de dónde queremos obtener la energía que permite nuestras capacidades productivas y estilos de vida? Una primera respuesta es buscar diversificar la manera de obtener la energía: buscar no depender de un solo país o una sola región. Para México, el reto es dejar de depender de Estados Unidos para obtener productos del petróleo y gas natural (un reto enorme).
Pensar en la seguridad energética lleva a otra pregunta: ¿qué energías queremos usar para sostener nuestras capacidades productivas y estilos de vida? Quizás una respuesta es dejar de usar combustibles fósiles para generar electricidad y apostar por energías renovables (solar, eólica, geotérmica, hidroeléctrica) o bioenergías modernas (residuos y derivados de biomasas). Muchas de estas se pueden producir en el territorio nacional, otras se pueden obtener de vecinos amigables en la región.
Sin embargo, reducir la dependencia del petróleo o gas natural implica contrapartes algo incómodas. El líder mundial en producción de energías renovables, de tecnologías para producirla y de exportación de minerales raros es China. ¿Cómo quitarse la dependencia a un recurso y un país sin generar otra dependencia a otro país? La respuesta implica tiempo para generar los conocimientos y las cadenas logísticas necesarias, y dinero para no tener que recurrir a las opciones más baratas y para invertir en la creación de las capacidades necesarias.
Aún así, aumentar la capacidad de generar energías renovables no garantiza reducir el uso de energías fósiles. Si China logra ser el líder mundial de la industria de energías renovables, representando el 60 % de la potencia instalada mundial esperada durante los próximos diez años (AIE, 2025), su apetito energético no ha disminuido. En 2018, China producía 4.54 millones de barriles de petróleo por día (bpd), mientras que en 2025, reportó 60.4 millones de bpd. Pero sigue siendo el mayor importador y el segundo consumidor de petróleo del mundo. Esto obliga la siguiente pregunta: ¿qué queremos seguir produciendo? Quizás lo que se puede hacer, incluso además de diversificar la obtención de recursos y de fortalecer la producción de energías renovables, es dejar de producir bienes y proveer servicios que realmente no generan beneficios a la sociedad. En ocasiones, podremos mejorar procesos productivos para que requieran menor consumo energético, o reemplazar bienes y servicios por aquellos que sean más eficientes en energía. Pero, en otras, será necesario dejar de producir.
Las preguntas de desarrollo económico se tendrán que responder en un contexto internacional de tensiones y reconfiguraciones. Donald Trump recuerda con cada decisión que toma que las alianzas no duran para siempre, que la confianza importa cuando ya no se tiene, y que el “sistema internacional” satisface a muy pocos. Peor aún, que el marco de las Naciones Unidas cae en prestigio y no permite cumplir con las promesas de los derechos humanos. Quizás la incertidumbre que genera Trump, y cualquier jefe de gobierno con capacidades militares tan amplias y discrecionales, recuerde la importancia de estructuras burocráticas (a nivel nacional e internacional), incluso a las élites económicas que pensaron disfrutar de una bonanza en la acumulación de capital. La necesidad de impedir las guerras entre estados, como alguna vez la necesidad de impedir guerras privadas entre señores feudales, parece evidente. Si la orden del día podría ser “potencias medias del mundo, uníos”, falta convencer de la necesidad de un marco democrático a un nivel supranacional.
Actores financieros parecen aún no procesar la interrupción generada por el cierre del estrecho de Ormuz. Le apuestan a que se abra pronto y los daños a refinerías e infraestructura de producción de petróleo y gas natural no sean extensos. Y, aunque ya se reporta que tardarán varios años en reparar los daños a Ras Laffin, o que incluso tardarían 4-5 meses en continuar la producción y transporte de petróleo a niveles normales, los precios rondan 100 dólares el barril de crudo Brent. Que así se mantenga y podamos deliberar sobre el desarrollo económico que queremos y el futuro energético que lo pueda sostener, antes de sucumbir a las expectativas de una pesadilla hecha realidad.
Referencias
AIE. (2025). World Energy Outlook, 2025. Agencia Internacional de Energía.
Lahire, Bernard. (2023). Les structures fondamentales des sociétés humaines. Seuil.