Deliberaciones
Preparándonos para la revolución
Los límites biológicos al comportamiento
Parte 6/7. El origen de las estructuras sociales y leyes de desarrollo y funcionamiento de las sociedades humanas reside en las características biológicas que definen a la especie humana. Son como límites al comportamiento. No obstante, son estas características las que también permiten minimizar y hasta superar estas restricciones.
Ideas
| Por Rafael H. Ponce Parra - 14 de agosto de 2025

Imagen: características biológicas son tanto límites a nuestras prácticas como lo que posibilita ampliar el margen de acción. © Foto Alejandro Gómez Castro y Rafael Ponce Parra
Votar y ejercer violencia son como grandes categorías de comportamiento. Y una fuerza impulsa ambas prácticas: la ley de la lucha entre grupos e individuos. Ambas están compuestas de ritos e instituciones, de una fuerte expresividad simbólica y afectadas en su forma por la producción y acumulación de artefactos. Ambos se inscriben en relaciones de dominación (y son formas de afectar estas mismas relaciones) y lo que se hace depende fuertemente de modos de producción, de relaciones familiares, entre hombres y mujeres y con lo mágico-religioso. Las maneras de votar y ejercer violencia se aprenden y transmiten mediante la imitación y la socialización, afectado por las brechas entre transmisión y recepción (entre personas, disposiciones y contextos), así como por las leyes del funcionamiento cognitivo. Y cada una toma una forma según la diferenciación social de las funciones (si es para el ámbito político, económico, legal o cualquiera de sus sub-ámbitos).
Son estas algunas de las estructuras fundamentales de las sociedades humanas. ¿Lograrán estas capturar o explicar gran parte de las prácticas que observamos? Las estructuras y leyes mencionadas permiten explicar el comportamiento humano a partir de comparaciones entre diferentes sociedades humanas a lo largo de la historia. Pero no solamente. También es el resultado de la comparación entre la especie humana y el resto de las especies. Esto permite distinguir aquello que es una variación cultural y aquello que es una estructura social.
Retomemos una de las preguntas básicas previamente expuestas. ¿El comportamiento es algo nato o aprendido? Al explicar la ley de variabilidad intergrupal, interindividual e intra-individual de las conductas humanas, se mencionó que dicha variabilidad muestra que el comportamiento no es algo genético. Sí hay procesos o mecanismos comunes y que se pueden describir su propio funcionamiento a nivel biológico (el intercambio de enzimas, proteínas, las actividades precisas de neuronas, etc.). Pero son estos procesos los que permiten la adaptación, la anticipación, la selección consciente o inconsciente de una respuesta a un estímulo. Son procesos que subyacen la formación de disposiciones pero que requieren del “input” de experiencias, de la socialización (Lahire, 2023; Uher, 2015). Bajo este entendimiento, nuestra capacidad cultural de transformar y transmitir conocimientos, artefactos e instituciones es una extensión biológica, un mecanismo de adaptación producto mismo de la evolución biológica.
Si hay cuestiones biológicas que subyacen en nuestro comportamiento y que afectan inevitablemente nuestros procesos de socialización, significa que existen límites a nuestros comportamientos y a las formas posibles de lo social. Al leer a Lahire (2023), es posible observar que el origen de las estructuras sociales mencionadas se puede trazar a propiedades biológicas (hechos antropológicos, como los llama Lahire), que limitan y moldean las prácticas humanas.
Propiedades biológicas con implicaciones importantes para lo social
Así, las estructuras sociales siempre presentes, las formas en las que se desarrollan y funcionan, quizás se deban a hechos que distinguen a nuestra especie de otras especies:
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un desarrollo fuera del útero y una infancia muy prolongada (comparada a otras especies) que requiere de cuidados específicos e intensivos;
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una neuroplasticidad avanzada;
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una separación visible entre dos sexos y una forma de reproducirse que requiere interacción e intimidad física entre ambos;
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una sociabilidad aguda entre humanos, con capacidades de memoria y de acumulación de eventos (historicidad); y
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el hecho de que seamos longevos, más que la mayoría de los mamíferos, y así podamos convivir con personas de otras generaciones (abuelos y abuelas, por ejemplo).
Estas propiedades han hecho que nos comportemos de cierta forma, que hayamos tenido el recorrido histórico que tenemos, y que se hayan observado ciertas formas (no ilimitadas) de sociedades. Estas propiedades permiten buscar la socio-génesis de las estructuras sociales. Y el peso de estos límites continua, a distintos grados, en nuestros días. Por ejemplo, aún no podemos nacer de otra forma que de la unión de un espermatozoide y un óvulo en el útero de una mujer. Sin embargo, nuestra capacidad de producir artefactos ha logrado modificar y reducir el peso de estos límites. Por ejemplo, el biberón o la leche en polvo ha logrado permitir que también el hombre pueda alimentar a un bebé. Y ni hablar del impacto de tecnologías que nos permiten volar o comunicarnos instantáneamente sin importar la distancia. Existirán límites a nuestros comportamientos y a las formas posibles de lo social, pero son nuestras propias habilidades biológicas que permiten nuestras capacidades de adaptación e innovación y, en consecuencia, ampliar aquel espacio que otorgan los límites biológicos.
Una definición de la vida
Estas propiedades se pueden abstraer aún más en solo cinco, derivadas de una definición de la vida concebida para el estudio de esta en cualquier otro planeta (Lahire, 2025). Estás serían la capacidad de mantenerse en vida extrayendo energía del entorno, desarrollarse y reproducirse para extender su existencia, resistir perturbaciones externas al orden interno (como lo hace nuestro sistema inmune), y aprender para adaptarse a las contingencias del contexto. Finalmente, la que añade Lahire, una capacidad para defenderse de cualquier amenaza externa a nuestra supervivencia. Lahire propone que cualquier unidad de supervivencia, tanto un organismo unicelular como multicelular como una sociedad entera, tiene estas propiedades. Señalan los comportamientos básicos de cualquier “unidad de supervivencia”. Quizás podamos decir que cualquier comportamiento es una derivación, complejización o forma cultural específica de una de estas propiedades.
Votar y violentar son derivaciones de estas propiedades para la unidad de un colectivo (votar) y tanto de un colectivo como de un individuo (violentar). Son maneras de mantenerse en vida y extenderse, de defenderse de amenazas y resistir perturbaciones al orden interno. Los recursos se perciben finitos si no es que realmente lo son. Las posibilidades de acción y producción son finitas y en ocasiones contradictorias y excluyentes (o una u otra acción, pero imposible las dos). Y entre tantos individuos, no se les puede escuchar y apremiar a todos de la forma en que aquellos quisieran. Ni tampoco se puede dialogar con todas las personas para mejor entenderlas. Las intenciones de otro individuo o colectivo son difusas, más si son lejanos. En ocasiones, estas intenciones son o se interpretan como nocivas para el colectivo o ser propio. Votar o violentar son maneras de obtener y defender recursos y estatus, de apaciguar o eliminar amenazas, de imponer u optar por una vía de acción. Y son justamente nuestras capacidades de aprendizaje, de mantenerse en vida y resistir perturbaciones las que nos han permitido pasar a formas menos destructivas y más dignas de luchar. De violentar y votar se observa nuestra gran capacidad de modificar las relaciones dentro de y entre sociedades humanas.
Referencias
Lahire, Bernard. (2023). Les structures fondamentales des sociétés humaines. La Découverte.
Lahire, Bernard. (2025). Vers une science sociale du vivant. La Découverte.
Uher, J. (2015). Agency enabled by the Psyche: Explorations using the Transdisciplinary Philosophy-of-Science Paradigm for Research on Individuals. En C. W. Gruber, M. G. Clark, S. H. Klempe, & J. Valsiner (Eds.), Constraints of agency: Explorations of theory in everyday life. Annals of Theoretical Psychology (Vol. 12, pp. 177–228). Springer International Publishing.