Deliberaciones
Preparándonos para la revolución
¿Hasta qué punto podemos cambiar una sociedad?
En agosto de 2023, el sociólogo francés Bernard Lahire publicó un libro en el cual busca repensar el alcance del estudio de lo social y propone un marco unificador para entender cómo funcionan las sociedades humanas. Ante el resurgimiento de movimientos neofascistas, imperialistas y xenófobos, se impone la pregunta sobre la posibilidad de lograr los ideales de los derechos humanos. Una lectura de este libro quizás nos permita responderla.
Editorial
| Por Rafael H. Ponce Parra - 17 de febrero de 2025
Durante buena parte del siglo XX y el siglo XXI, se ha desarrollado y difundido la idea de una dignidad inherente de los seres humanos. Por medio de negociaciones multilaterales, entre Estados y entre movimientos sociales de todo el mundo, se ha definido un objetivo común (todavía en proceso de consolidarse tanto en determinarlo como en desarrollar qué significa) de bienestar para toda la humanidad. Estos son los “derechos humanos”. Mediante tratados internacionales, convenciones, declaraciones y relatorías, se ha determinado (o en términos de los derechos humanos, se ha reconocido) qué puede hacer o negarse hacer una persona o grupo, y a qué debe tener acceso una persona por el simple hecho de haber nacido. Este conjunto de libertades y garantías define lo que es la dignidad humana –sin esto, las condiciones no permiten la prosperidad y pleno desarrollo de una persona.
Los derechos para las personas y grupos implican obligaciones para los Estados: los garantes de esos derechos. Estos “están legalmente obligados a respetar, proteger y hacer efectivos [promover y proveer] los derechos” (ONU, 2012, p. 12). Deben cumplir con uno mínimo esencial de derechos y adoptar medidas deliberadas, concretas, y específicas para lograr su realización, así como demostrar que todos sus recursos disponibles se están utilizando para atender los derechos. Si el resultado es que todas las personas tengan una vivienda con ciertas características para considerarla adecuada, o que todas las personas tengan acceso a la justicia cuando otra persona les haya ocasionado un perjuicio, los Estados deben hacer todo a su alcance para lograr acercarse lo más posible a estos resultados.
Este lenguaje de necesidades básicas derivadas de la noción de dignidad e igualdad (ONU, 2012) ha definido el derecho internacional y el orden establecido después de la Segunda Guerra Mundial. Al menos ha servido de lenguaje para darle sentido y enmarcar tanto las relaciones multilaterales como la política interna de cada Estado. Sin duda los ideales se alejan de muchas de las acciones de Estados y de situaciones que se viven en el mundo. Los ideales se contrastan todavía más con un sistema internacional dominado por algunos países hegemónicos, vetando decisiones de una asamblea general o ignorando el propio derecho internacional sin más justificación que la fuerza. Es así que actualmente vemos ese sistema y los ideales que lo sustentan ser abiertamente rechazado. Estados Unidos, el Estado más rico y armado del mundo[1] se retira de organizaciones y compromisos internacionales bajo la administración de Donald Trump. Este país abandona organizaciones como el Consejo de Derechos Humanos de la ONU, impide el uso de recursos para la ayuda humanitaria y proyectos sin fines de lucro en el resto del mundo, e incluso refrenda la invasión de Rusia a Ucrania o la colonización de Palestina por parte de Israel. Estados Unidos parece unirse a Rusia para reemplazar el orden internacional orientado a derechos humanos por uno orientado por el derecho (o mejor dicho, el poder) de las naciones más fuertes.
[1] En términos de PIB y de presupuesto destinado a las fuerzas armadas.
El cumplimiento de los ideales de los derechos humanos parece alejarse con la llegada de neofascistas y nacionalistas. Ante los retos del calentamiento global y la estagnación económica, la respuesta de estos últimos es la prioridad a “mi grupo” (“mi etnia”, “mi nación”, “mi raza”, etc.). Ante la desigualdad e injusticia, estos responden con la naturalización de las jerarquías existentes. Para estos grupos, no hay alternativa; los ideales universales de los derechos humanos son inalcanzables. O se domina o se es dominado.
Para muchos países, la asimetría de poder implica serios problemas para un desarrollo justo y sustentable de su ciudadanía. En México, el gobierno de la presidenta Claudia Sheinbaum continúa utilizando el lenguaje de los derechos humanos. Es así que se ha declarado trabajar sobre la vivienda, la educación o la salud como un derecho y no una mercancía. Pero en un contexto internacional adverso, el peligro es que eso no se cumpla, sobre todo para aquellos que más les desfavorece el orden actual de las cosas. La pregunta está en cómo lograr el ideal de los derechos humanos, del bienestar como humanidad y no como nación desarrollada a expensas de otras naciones. Y esto ante el resurgimiento de movimientos nacionalistas, fascistas y etnocentristas que se posicionan en total contradicción de la idea de los derechos humanos. Para responder a esta pregunta, quizás sea necesario dinamitar la idea de que no hay alternativa y rescatar un objetivo que se pueda compartir como humanidad.
Los movimientos nacionalistas, fascistas y etnocentristas, pero también las clases dominantes, propietarios/as de grandes cantidades de capital, tierras y recursos, parten de la idea de que no hay otra forma posible o mejor de organizarse. En una competencia sin piedad, o eres depredador o eres presa. Es mejor que “mi grupo” (bueno, superior, civilizado) esté arriba de la pirámide social a que lleguen “otros” (malos, degenerados, bárbaros) y destruyan todo. Si esto no se puede cambiar, mejor librar la batalla hasta el final de sus consecuencias. Para estos movimientos, incluso, las jerarquías y relaciones de dominación en el modo que se observan actualmente son naturales. Luchar contra la dominación masculina, blanca o de la riqueza es fútil o incluso peligrosa para la especie humana. En semejante contexto, ¿es posible lograr los ideales de los derechos humanos? ¿Hasta dónde se pueden cambiar las sociedades humanas?
Es en este contexto que se leyó Las estructuras fundamentales de las sociedades humanas del sociólogo francés Bernard Lahire (ediciones La Découverte, 2023, no publicado en México). Como veremos, un cambio de visión sobre lo que se puede lograr en las ciencias sociales y sobre la historia de la humanidad puede aportar respuestas inesperadas y esperanzadoras al destino colectivo, como especie, que sí es posible alcanzar. A continuación, se hace un breve recuento del libro, empezando por la descripción del objetivo y argumentos principales del autor en torno a elementos invariantes de las sociedades humanas, para después ilustrar la explicación de las variaciones y cómo, a partir de esto, es posible afirmar que los ideales de los derechos humanos no son inalcanzables.

Los invariantes: de la biología evolutiva a las sociedades humanas
Contra-intuitivamente, el primer paso para saber si es posible alcanzar los ideales que plantean los derechos humanos es identificar aquello que no cambia, aquello que siempre está presente en las sociedades humanas. Analizar esto puede generar cierto temor: después de todo, es aquí donde residen los fantasmas del pensamiento conservador y reaccionario. Incluso en las ciencias sociales existe un cierto consenso sobre la imposibilidad de encontrar elementos universales, siempre presentes en las sociedades humanas. Es a pesar de las tinieblas que cubre este precipicio que Bernard Lahire decide dar el salto y emprender su proyecto.
El sociólogo francés escribe su libro tras una larga carrera explorando cómo funcionan y se desarrollan las sociedades humanas a partir del estudio del individuo (el nivel que condensa las distintas aristas de lo social) como también de casos singulares que desafían los grandes patrones sociales. Una larga carrera que lo ha dejado insatisfecho en el estado disperso e inacabado de las ciencias sociales. En efecto, el autor observa una confusión entre lo que significa social y cultural, un extremo relativismo y una visión teológica sobre la excepcionalidad del ser humano, y una insatisfacción con la división del trabajo científico dentro de y entre disciplinas. La fragmentación e hiper-especialización de las ciencias sociales contrasta con la madurez de las ciencias de la materia y la biología. ¿Por qué estas ciencias pueden lograr sintetizar y simplificar sus conocimientos mientras las ciencias sociales no? ¿Es posible determinar leyes generales, aplicables a toda la especie humana (y quizás a otras especies) sobre cómo funcionan y se desarrollan las sociedades? Lahire argumenta que sí.
Aquí es necesario hacer un punto sobre qué son las leyes (fundamentos, principios, invariantes, constantes, etc.) en la ciencia. Lahire se refiere a estas como enunciados que señalan “regularidades en el mundo, sin que siempre podamos explicar el porqué de esas regularidades. El principio como la ley son explicativos, pero no siempre explicables… [son] una manera de agrupar y condensar nuestros resultados [como comunidad científica] más significativos” (Lahire, 2023, p. 114-115, traducción propia)[2]. Por mucho tiempo, la ciencia de la materia estaba fragmentada entre distintas especializaciones: Las personas se dedicaban al estudio de un tipo de objetos o materias. Lo que se sabía de un objeto específico aplicaba solo para este, resultando en una enorme cantidad de teorías empíricas y locales, conocimientos que podían absorber toda una vida de trabajo. Las leyes como las de gravedad, de termodinámica y de la relatividad pudieron poner orden a los conocimientos, y pudieron explicar la gran multitud de fenómenos estudiados empíricamente. Lay leyes generales sirven justamente para reagrupar y condensar conocimientos, pero también para apoyar investigaciones futuras. Es un ahorro de energía al no tener que empezar una investigación de cero.
[2] Todas las citaciones de Lahire (2023) son traducciones realizadas por el autor de este artículo.
No obstante esta comprensión sobre las leyes para la ciencia, el consenso en las ciencias sociales ha sido que formular estas leyes al estudiar las sociedades humanas es imposible. La humanidad y sus sociedades son vistas como infinitamente diversas, excepcionales, sin comparación en la naturaleza. Existirían tantos patrones como excepciones a las reglas. Habría demasiada subjetividad tanto de lo que se estudia como de las personas que lo estudian. Además, las ciencias sociales no pueden ser experimentales –al menos no como en las ciencias de la materia. En un contexto así, imposible y peligroso querer formular leyes generales. Es por el gran consenso que tienen estos argumentos que Lahire toma casi un tercio del libro refutando todas estas posturas, recordando la importancia de la observación en las ciencias “duras”, movilizando un realismo epistemológico[3] contra una extrema relatividad cultural y al mismo tiempo deconstruyendo una “teología de la autocreación del Hombre por el Hombre” (Lahire, p. 31, 2025) imperante.
[3] La epistemología es aquello que trata la pregunta ¿cómo se sabe lo que se sabe? Un realismo epistemológico parte del principio que existe una realidad y que es posible estudiarla como objeto independiente del que la estudia. Es posible construir instrumentos y conceptos que permite estudiar y acercarse a comprender esta realidad.
Este reposicionamiento epistemológico tuvo como resultado un objetivo: iniciar una ciencia social nomológica[4] de los seres vivos. Esto implica identificar y mapear las estructuras fundamentales de las sociedades humanas (imperativos transhistóricos y leyes de funcionamiento y desarrollo de las sociedades). ¿Cómo va a ser posible identificar estas estructuras fundamentales? Lahire va a considerar la historia de la humanidad como parte de una larga historia evolutiva de la vida. Esto requiere retomar y sintetizar los conocimientos empíricos que se han producido en la biología evolutiva, etología[5] y paleoantropología además de la historia, antropología y sociología. Con estos conocimientos, se deben hacer comparaciones no solamente entre sociedades a lo largo del tiempo, sino también entre especies diferentes. Solo así se pueden identificar “invariantes” que permiten determinar las estructuras fundamentales de las sociedades humanas.
[4] Que pueda determinar leyes generales y las pueda utilizar para organizar sus conocimientos.
[5] Estudio de los comportamientos de los animales.
Las invariantes que Lahire determinó las clasificó en tres tipos: hechos antropológicos, líneas de fuerza y leyes sociológicas generales. Los hechos antropológicos son propiedades biológicas de la especie humana, productos de una larga historia de evolución de las especies. Son propiedades con una dimensión social al fijar “la naturaleza de las relaciones entre individuos y grupos. Esto implica que existen restricciones sociales universales propias a la especie humana que pesan sobre todas las formas imaginables de la sociedad” (Lahire, 2023, p. 326). Son “restricciones biológicas que se traducen inmediatamente en restricciones sociales” (Lahire, 2023, p. 326) y que suelen ser afectadas estas mismas por la historia de las sociedades humanas. Lahire identifica cinco hechos, entre los que se incluyen el largo periodo de desarrollo extra-uterino, la reproducción sexuada y la separación visible en dos sexos (hombres y mujeres), una plasticidad cerebral y una historicidad de la especie, así como una gran longevidad en comparación con otras especies.
Los hechos antropológicos dan paso a las líneas de fuerza y componen los imperativos transhistóricos de la especie humana. Las líneas de fuerza son constantes en las sociedades humanas. Son líneas “alrededor de las cuáles las formas culturales se enrollan de manera permanente” (Lahire, 2023, p. 325) y “son indisociables las unas de las otras” (Lahire, 2023, p. 344). Lahire identifica 10 líneas de fuerza: siempre se observan, sin importar la sociedad, modos de producción, relaciones familiares (sobre todo entre padres, madres e hijos/as), relaciones hombres-mujeres, socialización/transmisión cultural, producción de artefactos (o construcción de nichos duraderos), expresividad simbólica, ritos e instituciones, relaciones de dominación, lo mágico-religioso, y una diferenciación social de funciones (o división social del trabajo).
Finalmente, llegamos a las leyes generales sociológicas. Estas son regularidades de dos tipos: sobre el funcionamiento de sociedades (mecanismos que siempre están presentes) y sobre el desarrollo de sociedades (hacia dónde se desarrollan o cambian ciertos aspectos de las sociedades). Aquí, Lahire plantea la existencia de doce leyes de funcionamiento y cinco leyes de desarrollo de ciertos procesos. Entre las leyes de desarrollo encontramos la ley de la diferenciación tendencial que dice que ante la división social de las funciones, con el paso del tiempo, habrá una mayor diferenciación en más y más subespecializaciones. Entre las leyes de funcionamiento encontramos la ley de relaciones “ellos” y “nosotros” y la preferencia acordada al “nosotros” o ley de la atracción de semejantes. Esta última explica, entre otros fenómenos, el etnocentrismo y la existencia de conflictos políticos y sociales a distintas escalas.
Es con este conjunto de estructuras fundamentales de las sociedades humanas que Lahire afirma a lo largo de casi 1,000 palabras cómo se puede unificar bajo un mismo marco los conocimientos de una gran serie de disciplinas. Si se sobrelleva la gran diversidad léxico-conceptual al estudiar distintos dominios y actividades de la sociedad, se puede llegar a la conclusión que se estudia lo mismo. Lo que se observa en los casos de estudio (y lo que vivimos en nuestra cotidianidad) es el producto del cruce y combinación de las líneas de fuerza y leyes mencionadas. Es esto que genera la gran cantidad de hechos singulares y la rica diversidad cultural que caracteriza a la especie humana–no porque el resto de los animales no tengan algo cultural, sino porque nosotros producimos y acumulamos lo cultural a un grado mucho mayor.
Las variantes: del cruce de fuerzas y estructuras fundamentales de las sociedades humanas
¿La dominación masculina es entonces natural e inevitable? ¿Un mundo dividido entre naciones en competencia es el orden inescapable de las cosas? Contrario a las esperanzas del conservadurismo, la identificación de invariantes no niega la existencia de variantes culturales. Incluso, ayuda a entender esta gran diversidad entre grupos, entre individuos e incluso en un mismo individuo. De esta manera, nada está determinado. Con las invariantes, se puede afirmar que las sociedades no varían infinita ni espontáneamente. No obstante, existe un margen de maniobra amplio para lograr ideales como los de igualdad y dignidad de los derechos humanos. Bernard Lahire no solo se preocupa por la organización del conocimiento sobre aspectos sociales de la vida. El autor plantea invariantes con la esperanza de comprender mejor los elementos y las fuerzas en juego para cambiar la sociedad con plena conciencia de las fuerzas existentes.
Un buen ejemplo para ilustrar esto es el de la dominación masculina. A pesar de su prevalencia a lo largo de las sociedades que han existido, la dominación masculina no es una línea de fuerza o una ley general. La dominación masculina es el producto del estado anterior y actual de las líneas de fuerza; es la forma cultural que toma el cruce entre la línea de fuerza de las relaciones hombre-mujer y la línea de fuerza de las relaciones de dominación. Una combinación de hechos antropológicos y leyes generales propiciaron una dominación masculina desde las primeras sociedades humanas. Lahire (2023) retoma y desarrolla la idea de que la forma de reproducción sexual propia de la especie humana y las primeras formas de diferenciación social (sexual) de las funciones reforzó la asociación mujer-dependiente producto de las asociaciones bebé-dependiente y mujer-bebé. Solo la mujer puede dar a luz y amamantar, y cazar cargando a un bebé no es algo práctico. Pero tampoco una mujer sola puede con todas las tareas de cuidados. La pareja madre-bebé es valiosa para la reproducción de una comunidad pero altamente dependiente de esta misma para su éxito. En consecuencia, otras personas participan cuidando al bebé, proveyendo alimentos, transformando el entorno y protegiendo a las personas de otros animales y otros grupos. Siguiendo nuestra propensión de asociación (ley Alexander Bain de la asociación analógica), la extrema dependencia del bebé y la dependencia de la pareja madre-bebé a la comunidad llevaron a la asociación de esa dependencia a las mujeres en general, esquema reforzado por la asociación derivada de la experiencia de dependencia vivida de lo anterior sobre lo posterior (otra ley) y cristalizado por la socialización/transmisión cultural, los ritos e instituciones, la expresión simbólica, la producción de artefactos (líneas de fuerza), y la ley (biológica y social) de la conservación-reproducción-extensión de actividades, experiencias vividas y estructuras sociales. Las estructuras fundamentales permiten entender las formas que ha adquirido la dominación masculina, su persistencia y las maneras en las que se justifica, mismo si permanece el misterio sobre la existencia recurrente de dicha dominación (Lahire, 2025).
Si esto es así, ¿entonces cómo es que ha cambiado la forma y grado de dominación masculina en la sociedad? ¿cómo es que algunas sociedades sí incluyeron a la mujer en actividades de caza? Siguiendo el planteamiento de Lahire, habría otras fuerzas, otras leyes, actuando en contra de las leyes ya mencionadas. Por ejemplo, la ley sobre la brecha entre transmisor/a de capital cultural y receptor/a, o entre disposición y contexto de acción o de recepción debilita la contribución de la socialización/transmisión cultural y de ritos e instituciones a las fuerzas de cristalización-estabilización de actividades, experiencias vividas o de estructuras sociales. Los modos de producción y la ley Marx (2) de lucha entre grupos e individuos y los propios imperativos de la ley (biológica y social) de la conservación-reproducción-extensión en contextos de escasez han modificado los papeles de las mujeres (y permitido su participación en actividades de caza en ciertas sociedades). Además, la producción de artefactos ha aliviado la carga de tareas y energía que requiere cuidar a primeras infancias (con el desarrollo nuevas prácticas obstétricas, de biberones, de leche en polvo, etc.). Todo esto ha contribuido a cuestionar y modificar la forma de las relaciones de dominación que sucede en las relaciones entre hombres y mujeres.
Lo mismo ha sucedido con nuestra aversión al “otro” y la preferencia al “nosotros”. Por medio de otras leyes (la ley del crecimiento demográfico tendencial y la ley de la conexión-combinación-síntesis) hemos podido ir agregando familias en clanes, clanes en tribus, tribus en etnias hasta llegar a naciones en las que extendemos el significado de “nosotros” a personas alejadas en familiaridad y experiencia cotidiana. La idea de naciones (producto de la expresividad simbólica y la socialización/transmisión cultural) siempre estará en evolución (gracias a la ley sobre la brecha entre transmisor/a de capital cultural y receptor/a, o entre disposición y contexto de acción o de recepción en combinación con exigencias de otras leyes). La idea de una humanidad es producto del cruce de estas leyes.
Dominación masculina, dominación de blancos, solo son variaciones culturales de la dominación. Una persona leyendo cuidadosamente, sin embargo, sí leerá un invariante algo preocupante: ¿y qué hacer de la línea de fuerza de relaciones de dominación? ¿A caso esto no significa que siempre habrá un dominante y un dominado? ¿la ley Marx (2) de la lucha entre grupos e individuos no nos condena a un mundo de vencer o ser vencido? En efecto, de la línea de fuerza de relaciones de dominación tenemos que considerar que siempre habrá un grado de relaciones de dominación. Esto se debe a que siempre tendremos que nacer indefensos y totalmente dependientes de generaciones anteriores, dependencia que se prolonga a lo largo de la vida en unas sociedades que han acumulado tanto conocimiento y tantos artefactos. Siempre de dependerá de otras personas especializadas en algo en el que uno no se especializa. Es casi una consecuencia inevitable de un meta-hecho que identifica Lahire: la interdependencia de organismos vivos. A pesar de esto, la línea de fuerza no dicta la forma o el grado que la dependencia debe tomar. Es en ese espacio que podemos trabajar para mejorar la experiencia y el bienestar que procura dicha dependencia-dominación.
Lo mismo sucede con la forma e intensidad que debe suceder la lucha entre grupos e individuos. Existen fuerzas que influyen y contraponen estas fuerzas. Por ejemplo, la ley de la conexión-combinación-síntesis de diferentes productos objetivados o incorporados permite movilizar nuestras capacidades de producción de artefactos, de expresión simbólica y de apego a lo mágico-religioso para extender la ley de atracción de semejantes a más personas, para hacer crecer la definición de “nosotros”. La ley de la preferencia a “nosotros” o de la atracción de semejantes, permite contrarrestar los efectos de la ley Marx (2) de la lucha entre grupos e individuos, sobre todo si los medios de producción lo permiten. Al igual que entender la ley de la gravedad no nos ancló a la tierra (no solo volamos, sino podemos llegar a la luna), la comprensión de estos imperativos y fuerzas nos permite incidir y reconfigurar con mayor intención las variaciones culturales en torno a nuestras estructuras sociales.
Es así como situaciones actuales o formas culturales de distintas líneas de fuerza que se observan en nuestro presente no están fijadas para siempre y no son naturales, como le conviene pensar a los movimientos reaccionarios, neofascistas y nacionalistas. A través de nuestra creatividad para fabricar e idear, de producir y consumir, podemos organizarnos de otras maneras para mejor asegurar los ideales de los derechos humanos.
Conclusión
Las estructuras fundamentales de las sociedades humanas de Bernard Lahire enriquece la discusión entre disciplinas hasta ahora cantonadas a su propio espacio, y se puede convertir en una lectura indispensable para cualquier estudiante e investigador en ciencias sociales. Lahire presenta un marco integrador de conocimientos con el cual mapea estas estructuras fundamentales (los imperativos transhistóricos y las leyes de funcionamiento de las sociedades) para sintetizar los conocimientos acumulados y organizar una agenda de investigación para una ciencia social de los seres vivos. Es un libro dirigido a la comunidad científica (a las ciencias sociales) y expresamente toma distancia de las necesidades políticas inmediatas para formular conocimientos generales y universales. No obstante, el libro presenta mucho con que repensar estos tiempos de crisis ambiental, de representación, de justicia y del orden internacional. De ahí que sea posible afirmar que si bien existen límites y restricciones a las formas que puede tomar una sociedad, una comprensión de las estructuras fundamentales de las sociedades humanas permite transformar estas para lograr los ideales de los derechos humanos.
En Deliberaciones, buscamos empezar a describir la sociedad mexicana (con un primer enfoque sobre la Ciudad de México). El trabajo de Lahire nos sirve tanto para recordar qué es lo que tenemos que describir y buscar en cada estudio de caso, en cada ámbito de la sociedad, pero también nos sirve para no olvidar una historia común de la humanidad. Quizás reubicar la historia de la humanidad dentro de la larga historia de la evolución de la vida nos permita afirmar una universalidad de la humanidad que no niega las diferencias culturales. Al contrario, ayuda a entender las variaciones al mismo tiempo que impide que estas diferencias nos separen irremediablemente. Compartimos características y somos el producto de las mismas fuerzas: realmente compartimos una misma historia general. Esta visión permite unir nuestro proyecto, nuestra agenda de investigación, a una idea universal del género humano. Describir lo particular de nuestra sociedad quizás pueda contribuir a la edificación de conocimientos de todas las sociedades humanas, de sus estructuras fundamentales, para así mejor tomar en mano las riendas de nuestro destino. Lahire lo reconoce y es parte de la intención de su libro: establecer leyes y principios fundamentales no significa describir y explicar la realidad de manera definitiva, sino recopilar y condensar los resultados más significativos de la ciencia. Es ahorrar energía para hacer avanzar colectivamente el conocimiento.
Si es posible cambiar la sociedad y alcanzar los ideales de los derechos humanos, podemos movilizarnos sabiendo que la premisa conservadora y reaccionara (“no hay alternativa”) es errónea. Entonces sí nos podemos preguntar qué hacer específicamente, cómo movilizar estos conocimientos de las ciencias sociales, para las necesidades políticas a las que nos enfrentamos.
Referencias
Lahire, Bernard. (2023). Les structures fondamentales des sociétés humaines. La Découverte.
Lahire, Bernard. (2025). Vers une science sociale du vivant. La Découverte.
ONU. (2012). Indicadores de derechos humanos. Guía para la medición y la aplicación. Naciones Unidas. Derechos Humanos. Oficina del Alto Comisionado.
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